A Sandro le empezaron a gustar también estas cosillas, y lo fuimos potenciando. Todo empezó con un disfraz de pirata, generosamente donado a la causa por un compañero de trabajo (gracias, Germán), un gorro que le compramos y una espada de espuma. Sus Majestades los Reyes de Oriente le trajeron un catalejo, y en la radio del coche era (y sigue siendo) frecuente escuchar "La del pirata cojo" de Sabina, "Las aventuras del Capitán Achab" de La Frontera, "El marinero borracho" de Celtas Cortos y "La vida pirata" de la película de Peter Pan. Así, Sandro aprendió a hablar como un verdadero pirata (tanto es así que tuvimos que restringir el uso de la palabra "idiota") y llegaron las películas y los cuentos: con tres años ya ha visto todas las pelis de Piratas del Caribe y se sabe los diálogos y "latiguillos" más graciosos. Sabe quién es Jim Hawkins, Billy Bones y el largo John Silver.
Hemos pasado tardes recortando espadas de cartón para luego pelearnos por la casa, imaginando que era un barco y lo estaban abordando. Hemos jugado a "cartografía pirata" (eso merece una entrada propia) y nos hemos divertido un montón.
Pero... ¿qué no le gustaba a Sandro? ¡¡Cenar!! Se aburre sobremanera cenando. Hemos probado de todo: métodos "Supernanny", métodos "te-amenazo-con-sopapazo-como-no-tragues-lo-que-tienes-en-la-boca", método hambruna (si no quieres cenar, pues para comer, y si no para merendar, y si no para cenar...), vamos, de todo.
Y se me ocurrió: "¿¡Y si junto los piratas con las cenas?!" La duda estaba en qué terminaría ganado, si su afición por los piratas o su odio por las cenas, así que probé... y ganaron los piratas.
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| Huevos piratas del Capitán Kidd |
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| Barco pirata atacado por el kraken de Davy Jones |


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